19·09 ~ Día 60 | ¿Quién se ha llevado mi queso?
Entonces, se echó a reír de sí mismo. Se dio cuenta de que sus temores no hacían sino empeorar las cosas. Así pues, hizo lo que haría si no tuviera miedo. Echó a caminar en una nueva dirección.
Al iniciar el descenso por el oscuro pasadizo, sonrió. Todavía no se daba cuenta, pero empezaba a descubrir que era lo que nutría su alma. Se dejaba llevar y confiaba en lo que le esperaba más adelante, aunque no supiera exactamente qué era.
Ante su sorpresa, Haw empezó a disfrutar cada vez más. “¿Cómo es posible que me sienta tan bien? –se preguntó–. No tengo Queso alguno y no sé a donde voy”
Al cabo de poco tiempo, supo por que se sentía bien.
Se detuvo para escribir de nuevo sobre la pared:
Cuando dejas
atrás tus temores,
te sientes libre.
Haw se dio cuenta de que había permanecido prisionero de su propio temor. El hecho de moverse en una nueva dirección lo había liberado.
Ahora notó la brisa fría que soplaba en esta parte del laberinto y que le refrescaba. Respiró profundamente y se sintió vigorizado por el movimiento. Una vez superado el miedo, resultó que podía disfrutar mucho más de lo que hubiera creído posible.
Haw no se sentía tan bien desde hacia mucho tiempo. Casi se le había olvidado lo muy divertido que podía ser lanzarse a la búsqueda de algo.
Para mejorar aún más las cosas, empezó a formarse de nuevo una imagen en su mente. Se vio a sí mismo con gran detalle realista, sentado en medio de un motón de sus quesos favoritos, desde el cheddar hasta el brie. Se imaginó comiendo tanto queso como quisiera y se regodeó con esa imagen. Luego, pensó en lo mucho que disfrutaría con estos exquisitos sabores.
Cuanto más claramente concebía la imagen de sí mismo disfrutando con Queso Nuevo, tanto más real y verosímil se hacía ésta. Estaba seguro de que terminaría por encontrarlo.
Escribió entonces:
Imaginarme
disfrutando de Queso
nuevo antes incluso
de encontrarlo me
conduce hacia él.
Haw siguió pensando en lo que podía ganar, en lugar de detenerse a pensar en lo que perdía.
Se preguntó por que siempre le había parecido que un cambio le conduciría a algo peor. Ahora se daba cuenta de que el cambio podía conducir a algo mejor.
“¿Por qué no me di cuenta antes?”, se preguntó a sí mismo.
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No tengo mucho tiempo para escribir, y lo que es peor, para leer vuestras últimas aventuras, pero a partir de mañana seré libre (no, no me refiero a esa libertad) para leer todo lo que quiero y escribir todo lo que necesito. Me han pasado algunas cosillas...
Mil besos, y a seguir buscando Queso.
11·09 ~ Día 52 | Es primavera
Septimbre me retiene, lanzó sus redes de hojas camicaces y soles fundidos sobre mí y no está dispuesto a liberarme, por lo menos no hasta que pasen unos diítas más. Espero poder descansar junto a mi chimenea pronto, leyendo mis libros favoritos y escuchando las diáfanas voces de esos ángeles con alas de plomo y corazón de jabón.
*
Color carne ensoñaba sin razón, pues no hay más verdor en la selva madre que en mí, ni más humedad en ella que adherida a mis huesos anacoretas.
Llega el otoño y el marrón que se hinca en las sábanas de piedra no turba mi florecer versátil y pausado. Gotean sabores por mis poros y mis lágrimas corren hacia mi pecho, buscando desesperadas un latir que les confirme que aún sigo aquí, para después partir sin girar la cabeza y no volver más.
Rosas indómitas duermen encapulladas entre espinas de cristal cuando esa pupila se dilata frente a mí y el negro es más negro, y el sueño es más sueño… y ahora explotan, se desperezan y sacuden calmosas de esas pieles que ciñen y ahogan, que no dejaban ver ese rojo que te quema sólo con mirarlo y el blanco tan blanco que puedes imaginar en él todas las figuras del mundo.
Su amarillo es mi naranja picante cuando él se escurre abatido escalón tras escalón, en la eterna eternidad y yo coloco sus piezas bajo mi sábana y tórnanse éstas ocre podrido. Es el momento entonces de dejar que la pintura manche toda la pared, sin concierto ni intención, que exprese mi libertad, mis ansias de la nada que tanto me da en ese silencio pregonero que padecemos antes del gran estallido.
Y es que es eso, un estallido rotundo de primavera en la ceniza otoñal, golpeando la caja telúrica y haciendo saltar todo el polvo asesino. Los colores crecen y se reproducen, y nacen y vuelven a nacer, y mientras la presa se desborda sobre muros de cartón, y mientras esos líquidos brillantes te hielan y llaman, te amordazan y te hacen disfrutar el dominio hurtado, te engatusan y camelan como lo hace la más felina diosa del mar con el peor de los piratas, moviendo sus caderas venenosas, tambaleándose sin piedad sobre el pecho de cualquier hombre, así muevo yo mis manos y te quiebro en mil pedazos con la sonrisa complaciente. Así broto en tu jardín infértil y te regalo la vida, el aroma y el deleite palatal. Te doy mi agua y mi fuego, te concedo el bien, y te robo el mal. Te cuido y enseño, porque si me dejas hacerlo, seré yo el que duerma entre nubes esta noche.
